En la calle, en la esquina, en la plaza, en la cuadra papa está de vuelta la Rosario Tijeras pa` que se esconda. Se llamaba Rosario del barrio era la mandamás con su pistola en la mano siempre lista pa matar En odios y desengaños Rosario era la number one Nunca amó ni la amaron y en sus ojos siempre el dolor existió todo fue porque en su niñez un malpa la violó y ella se vengó Era Rosario Tijeras la de pistola, espejito y labial en su cartera siempre llena de vicio sexo, balas, placer y dolor la de las mil y una vidas (pan, pan, pan!, Rosario) Nunca amó ni la amaron Y en sus ojos siempre el dolor existió todo fue porque en su niñez un malpa la violó y ella se vengó Y confundió el amor una bala lo que entró en su corazón nunca jamás lloró en su alma siempre un llanto se escuchó de tantos que mató uno vino mal herido y se vengó Rosario así murió y en el cementerio nadie la lloró.

¿Dónde estás?, preguntó Dios a Adan, y éste le contestó: Oi tu voz y me dió miedo y me escondí...Haz desobedecido, maldito serás sobre esta tierra, y comerás el pan con el sudor de tu frente, sentenció el Señor.
¡Levántate, Lázaro!, dijo Jesús, y Lázaro se levantó.
Cruxifícale, clamaban los judios ante el romano Poncio Pilatos, que aceptó y se lavó las manos.
Suelta la bomba, tuvo que decirle el presidente de los Estados Unidos al piloto que la arrojó sobre Nagasaki...
Como ven, el poder de la palabra es innegable e incommensarable. Con ella se puede matar, desalojar, desplazar, desterrar, negar, humillar, consolar, fortalecer, animar, abrazar, enamorar, entre otras cosas.
La palabra es la herramienta mayor que tenemos los seres humanos para construir un mundo mejor o peor.